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La creación de nuevas reglas globales y el perfil más alto dado a la propiedad intelectual (PI) ha llevado a que se preste cada vez más atención que antes a estos asuntos. El impacto de la PI en muchos aspectos de la vida –desde la alimentación hasta la salud, desde la educación hasta los esfuerzos artísticos– ha conducido a una preocupación cada vez mayor por si las nuevas reglas chocan con el justo equilibrio entre los intereses públicos y privados y entre países con diferentes niveles de riqueza, poder, prácticas agrícolas y capacidades tecnológicas. El Capítulo 8 reúne algunas de las respuestas de la sociedad civil a las cambiantes reglas y a las preocupaciones que surgen de ellas, particularmente respecto a cómo las reglas de la PI están afectando la dirección de la investigación y el desarrollo. El Capítulo 9 reflexiona sobre los anteriores capítulos y hace algunas observaciones. Finalmente, el Capítulo 10 discute la naturaleza de las negociaciones globales y las diversas alternativas para el futuro, así como el papel que las reglas de PI desempeñarán en ellas
IntroducciónLa red cada vez mayor de reglas globales que afectan a los alimentos y a la agricultura ha hecho la vida más complicada para los gobiernos, investigadores, industria y grupos de la sociedad civil. Los diversos acuerdos, tratados, convenciones y protocolos internacionales, discutidos en la Parte II de este libro, no son un punto final –forman parte de un proceso de formulación y reformulación de reglas para hacer frente a los problemas cambiantes, e inevitablemente convienen a ciertos intereses. Una vez que se han alcanzado los acuerdos y se han firmado los tratados, las negociaciones no se detienen. Surgen otras presiones en la interpretación e implementación de lo que se acordó o para enmendar las reglas si éstas no producen los resultados esperados. La complejidad cada vez mayor del establecimiento de normas y la creciente red de acuerdos que requieren su seguimiento son un problema en sí mismo para la sociedad civil y los gobiernos. Para los países pobres y ciertos grupos –desde las organizaciones de agricultores y campesinos hasta las pequeñas y medianas empresas, funcionarios y negociadores-, es muy limitada la capacidad para tratar las negociaciones y reglas globales, o influir en ellas de forma que reflejen sus intereses. Para muchos, la aplicación de nuevas reglas globales a su área de actividad vino de sorpresa; éste fue particularmente el caso de las reglas sobre la PI –incluso algunos gobiernos que se unieron a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1994 no eran conscientes de las implicaciones de gran alcance del régimen del Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de la Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (Acuerdo sobre los ADPIC). Ha habido consecuencias no buscadas para los que querían unas reglas globales de la PI más fuertes a través del Acuerdo sobre los ADPIC. Una de éstas ha que temas que eran legales, complejos y esotéricos han subido de perfil en la conciencia pública y en las primeras páginas de los periódicos –inicialmente en los países en desarrollo con respecto a la cuestión del impacto del régimen de la PI en el acceso a las medicinas. Como ya se ha dicho en el Capítulo 3, el mismo Acuerdo sobre los ADPIC es en parte una consecuencia no buscada de una anterior lucha de los países en desarrollo por intentar un nuevo orden económico internacional, en el que los países en desarrollo no consiguieron que varias reglas de la PI se modificaran para que concordaran más exactamente con sus necesidades. Posteriormente, algunas industrias globales lograron crear reglas globales que les convenían. La Parte II del libro ha mostrado cómo las consecuencias de ese fracaso son evidentes en las negociaciones sobre otros temas. La forma en que está estructurado el Convenio sobre Diversidad Biológica (CDB) es quizá también una consecuencia del enojo sentido en los países en desarrollo porque los recursos biológicos y genéticos en sus territorios son tomados para crear productos que producían miles de millones de dólares, sin que se les otorgara ninguna participación en tales beneficios. El Convenio ha dado lugar a un complejo régimen, todavía lejos de ser implementado, con muchas dudas sobre cómo puede lograr sus objetivos y con presiones continuas para que haya disposiciones más fuertes sobre el acceso y la participación en los beneficios (APB), etiquetado de los organismos vivos modificados (OVM), y responsabilidad y compensación. La tensión y enojo por las numerosas injusticias económicas y los conflictos entre los que pueden usar los privilegios concedidos a las patentes y otras formas de PI y los que han desarrollado y conservado la biodiversidad agraria, se extendió a las negociaciones del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura (el Tratado) en la FAO, con disputas sobre el acceso, los derechos de los agricultores y la PI durante las negociaciones. Todo esto ha tenido como resultado un conjunto muy desequilibrado de instituciones internacionales, teniendo solamente la OMC un fuerte mecanismo para la resolución de disputas respaldado por sanciones intersectoriales. Los que promueven las reglas de la PI intentan todavía ampliarlas y reforzarlas más, y criminalizan cada vez más las infracciones de estos derechos privados. La criminalización traslada los costos de cumplimiento de los grupos privados que se benefician de los privilegios a los estados y, por tanto, a los contribuyentes. Actualmente, este enfoque expansivo ejerce su predominio a través de muchos acuerdos comerciales bilaterales y de inversión. (ver Capítulo 7). Pero así como ha aumentado la concienciación, también han aumentado las reacciones y respuestas. Este capítulo se centra en las respuestas de la sociedad civil, y después examina cómo las nuevas reglas tienen su impacto en I+D en alimentación y agricultura. Las respuestas varían según qué grupo se vea implicado. Algunos grupos pretenden adaptarse a las nuevas reglas de la forma menos perjudicial, otros intentan informar a los afectados y ayudarles a oponerse o resistir, a cambiarlas o equilibrarlas de nuevo. Unos pocos pretenden reconsiderar totalmente las reglas. La capacidad de los diferentes grupos para comprometerse y responder a los cambios en el régimen reglamentario internacional es muy variada. Así también lo es la capacidad de los diferentes grupos para tratar, en particular, los asuntos de la PI, en donde disponer de grandes cantidades de dinero para pagar a abogados caros y miembros de grupos de presión es una gran ventaja. Competir en el juego de las patentes, por ejemplo, requiere considerables recursos –para retirar y mantener patentes– y experiencia jurídica para defenderlas. Si los titulares de las patentes no son capaces de defenderlas, al menos en los principales mercados, las patentes son inútiles. Según Blakeney (2001, Nota 60), “la solicitud de una única patente hasta llegar a su finalización cuesta aproximadamente unos 200.000 dólares. Defender la solicitud de una patente cuesta por lo menos la misma cantidad”. La mayoría de los pequeños actores buscan grandes empresas para que otorguen una licencia a sus inventos o los compren y adquieran los derechos para usar la cartera de patentes que tienen. En el área de la alimentación, muchas de las respuestas hasta ahora se han centrado más en los efectos en la agricultura y la biodiversidad que en el lado del proceso y distribución del sistema alimentario, aunque otras formas de PI desempeñan también un importante papel (Recuadro 8.1). Críticas de la sociedad civilLos cambiantes regímenes internacionales han provocado varios niveles de respuestas. Algunas, pertenecientes a organizaciones no gubernamentales (ONG) internacionales y grupos activistas, se han centrado en la crítica a los cambios, destacando sus implicaciones, produciendo materiales de información y trabajando para ayudar a los negociadores de los países en desarrollo que se ocupan de los regímenes internacionales. Otras se desarrollaron y centraron más en el trabajo a nivel de la raíz del problema con organizaciones de agricultores, campesinos y consumidores, mientras que finalmente otras se han centrado en hacer el seguimiento de los efectos en el campo y en trabajar con los gobiernos nacionales para aumentar su capacidad para tratar la PI, biodiversidad y alimentación y temas relacionados. Muchas de las críticas dirigidas al sistema de PI giraron básicamente alrededor de las limitaciones que pone al acceso a los conocimientos y a los productos del conocimiento, inclinando por ello la balanza cada vez más a favor de los intereses privados (comerciales), en detrimento de los objetivos públicos de la política. Ciertos movimiento de la sociedad civil han surgido en torno a este tema, centrándose en diversos sectores como software, medicinas, semillas, investigación, música y los medios de comunicación. Lo que une a estos movimientos es la preocupación de que el sistema de PI recorta la libertad para:
Los grupos de la sociedad civil han sostenido que las implicaciones del sistema de PI en los objetivos públicos de la política relacionados con la seguridad alimentaria, medios de vida y conservación de la biodiversidad incluyen:
Estos problemas están estrechamente interrelacionados y muchos grupos de la sociedad civil se centran muchas veces en varios aspectos del tema con diferentes grados de énfasis, dependiendo de sus objetivos institucionales, centros de atención y elementos constituyentes. Subyacentes a muchos de los problemas son las fundamentales diferencias de opinión sobre quién es el propietario, o debería serlo, de los recursos genéticos y CT asociados –individuos, comunidades, estados o la humanidad-, y cómo han sido generados, o deberían generarse, los conocimientos –colectivamente o mediante la recompensa de los esfuerzos individuales. Aunque los diferentes sistemas de propiedad y generación de conocimientos pudieran ser capaces de forma verosímil de existir en paralelo, se considera que el ámbito y el alcance expansivos del sistema de PI reducen cada vez más esa posibilidad. Los debates consideran también los problemas que se teme que traería un sistema fuerte de PI para la dinámica y estructuras sociales y culturales. Los problemas son particularmente graves para la seguridad alimentaria, la producción agraria y los medios de vida que dependen de ella. Se considera que los sistemas informales de producción agraria a pequeña escala en los países en desarrollo –realizados por agricultores e instituciones de investigación pública y hechos posibles compartiendo conocimientos y semillas– chocan con los sistemas formales de los países desarrollados, dominados por la producción agraria a gran escala y significativos intereses comerciales que cuentan con los DPI para proteger su posición comercial. Así pues, en última instancia es la visión del mundo en el que vivimos la que causa muchas de estas preocupaciones y los debates asociados (ver Capítulo 10). Control de las empresas
El sector empresarial ha experimentado una notable consolidación durante los últimos años. Se estima que sólo diez compañías multinacionales –apodadas “gigantes de genes” por el Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnonología y Concentración (Grupo ETC)– representan la mitad de las ventas comerciales de semillas del mundo (Grupo ETC, 2005). Esta tendencia es particularmente aparente en el sector de la biotecnología agraria, donde seis empresas –Aventis, Dow, Du Pont, Mitsui, Monsanto y Syngenta– controlan el 98 por ciento del mercado global de cultivos biotecnológicos patentados (ActionAid, 2003). Las patentes y la protección de las variedades de plantas son ampliamente consideradas como una de las principales fuerzas motrices de esta tendencia. Comparadas con muchas otros bienes, las semillas no se prestan fácilmente a la mercantilización, pues son fácilmente reproducidas y pueden no requerir compras repetidas (FEC, 2002). Los DPI han proporcionado el mecanismo legal para controlar el uso de las semillas, en un esfuerzo para proteger inversiones cada vez mayores. En EE.UU., por ejemplo, más de la mitad de las patentes biotecnológicas agrícolas del sector privado, concedidas entre 1982 y 2001, son propiedad de cinco compañías, que son Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer y Dow (Graff et al., 2003). Con el control de las semillas –como primer eslabón en la cadena alimentaria– viene el control cada vez mayor de la producción agraria mundial, que se considera cada vez más sujeta a los intereses comerciales y a las maniobras de mercado del sector empresarial (Grupo ETC, 2005). Por lo tanto, surge la necesidad de proteger los derechos de los agricultores a guardar, intercambiar y vender semillas de su propia granja – como se refleja en el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura (Capítulo 6). En muchos países en desarrollo, donde los pequeños agricultores continúan proporcionando gran parte de la producción agroalimentaria y del sustento de vida, estos derechos de los agricultores son considerados esenciales para la supervivencia. Las restricciones en el uso de semillas mediante una mezcla de protección de variedades de plantas, patentes y leyes de semillas, amenazan con forzar a los agricultores a depender de semillas compradas, que mientras continúan aumentando de precio. Además de la PI, se emplean también contratos con los agricultores de tal forma que todo lo que concede el vendedor es una una licencia a una tecnología incorporada a la semilla, los agricultores no pueden por lo tanto hacer lo que quieran con ella porque no pasan realmente a ser propietarios de la semilla cuando la compran (ver Capítulo 1, Recuadro 1.6). Relacionados con estos problemas están los impactos potenciales en la biodiversidad agraria y, consecuentemente, la sostenibilidad a largo plazo de la producción alimentaria (FEC, 2002). Se teme que la expansión de las patentes y de la protección de las variedades de plantas, con sus diversos requisitos de uniformidad y aplicabilidad industrial (o “utilidad” en EE.UU.), fomente sistemas agrarios que después son dominados por monocultivos a gran escala, principal y frecuentemente para exportación, que son genéticamente vulnerables a plagas, enfermedades y cambios ambientales. La erosión genética que resulta de la sustitución de variedades de plantas locales por variedades uniformes modernas podría llevar a la pérdida de variedades que están adaptadas a las condiciones locales, junto con genes valiosos para la posterior selección. Estas variedades son sustituidas por una escasa selección de variedades uniformes, incrementando cada vez más la susceptibilidad de los cultivos a patógenos individuales, y precisando así el empleo de pesticidas y otros insumos. Como la FAO ha informado:
Ésta es una de las razones por la que las organizaciones de la sociedad civil quieren ver más énfasis en la conservación in situ, por medio del uso sostenible de estas variedades locales de los agricultores. Semejantes problemas están surgiendo en el reino animal. En el sector avícola, por ejemplo, “entre 1989 y 2006, el número de empresas proveedores de características géneticas de aves a escala global se ha reducido de 10 a 2 en ponedoras, y de 11 a 4 en pollos” (Gura, 2007). Ciertas propuestas de enmiendas específicas del sistema de PI derivan de los derechos humanos fundamentales y a los Objetivos de Desarrollo del Milenio, a los que recurren los movimientos de la sociedad civil para respaldar su caso (ver Capítulo 7). Además, ha aparecido una campaña por una mayor “soberanía de los alimentos” como consecuencia de preocupaciones cada vez mayores por la globalización del sistema alimentario mundial (GRAIN, 2005a). Suscitado por el movimiento de los campesinos Vía Campesina en la Cumbre Mundial de la Alimentación de 1996, el concepto de soberanía de los alimentos hace hincapié, entre otras cosas, en priori-zar la producción agraria local, conservar el derecho de los agricultores a producir alimentos y garantizar el derecho de las poblaciones a poder elegir su política agraria (Recuadro 8.2). También se ha convertido en un foco de resistencia contra la expansión de la PI en la agricultura. El Acuerdo sobre los ADPIC y la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV) han sido objeto de una crítica particular. Se considera que los niveles mínimos de protección de la PI exigidos por el Acuerdo sobre los ADPIC a los miembros de la OMC, incluido el patentado de vida en forma de microorganismos y algunas formas de protección de la PI para las variedades de plantas –bien por medio de patentes o bien mediante sistemas sui generis-, limita la flexibilidad de los países para decidir por sí mismos qué nivel de protección juzgan necesario para su contexto agrario particular. Tampoco prevé ninguna exención de los agricultores, dejando abierto hasta qué punto esta exención podría integrarse legalmente en un sistema sui generis. Igualmente, el Convenio de la UPOV está pensada para proporcionar derechos excesivos a los obtentores de plantas, sin ningún requisito de participación en los beneficios. Sus criterios de protección de variedades de plantas (PVP), en particular el requisito de uniformidad, han sido criticados por adaptarse más a las necesidades de los obtentores comerciales y profesionales que a las de los agricultores, que confían en la biodiversidad para hacer frente a las complejidades agrícolas y climáticas. En particular, la revisión de 1991 –que cualquier país que acceda después de 1999 tiene que firmar– ha sido atacada por socavar los derechos de los agricultores (GRAIN, 1998), dado que solamente da una opción para permitir a los agricultores volver a usar las semillas en sus propias granjas. Aunque el CDB y el Tratado Internacional pretenden ocuparse de algunos de estos problemas a nivel multilateral, muchos piensan que estos esfuerzos no han sido capaces de seguir el ritmo del sistema de PI continuamente en expansión. Los países han sido lentos en implementar las disposiciones del Convenio, que prevén una participación justa y equitativa en los beneficios basada en términos mutuamente acordados, y EE.UU. –el principal actor mundial en el campo de la biotecnología– sigue todavía sin ratificar el CDB. Aunque muchos están contentos con el valeroso intento del Tratado Internacional de restablecer el equilibrio, incorporando los derechos de los agricultores, y de mantener la participación en los los beneficios derivados de los recursos genéticos para la alimentación y la agricultura, accesibles según el Tratado principalmente a los agricultores, algunos están preocupados por sus implicaciones prácticas (GRAIN, 2005b). La implementación de los derechos de los agricultores, por ejemplo, se deja a la discreción de los gobiernos nacionales, en vez de conservarlos como derechos universalmente aplicables. Por otra parte, la participación en los beneficios es sólo obligatorio en casos en los que la comercialización del producto restrinja su disponibilidad para su uso y posterior investigación y mejora (por ejemplo, mediante las patentes). Para muchas organizaciones nacionales y regionales de la sociedad civil, demasiado numerosas para mencionarlas aquí, el interés principal está en reforzar los movimientos de los agricultores y campesinos para posibilitarles que resistan al control de las empresas. Con frecuencia carecen de recursos para trabajar internacionalmente y poder centrar su actividad política en ayudar a los políticos nacionales a comprender las implicaciones de las reglas globales. Un ejemplo de un grupo regional que trabaja a varios niveles es Southeast Asia Regional Initiatives for Community Empowerment (SEARICE, Recuadro 8.3). Conocimientos tradicionales e indígenasLos derechos de los pueblos indígenas y el papel de los conocimientos tradicionales e indígenas han sido temas polémicos y complejos en la mayoría de los foros de negociación, como hemos visto en el Capítulo 7, y no han sido tratados a satisfacción de los pueblos indígenas en los nuevos acuerdos (Recuadro 8.4). Existe una enorme diversidad de situaciones y pueblos implicados, y la mayor parte de los grupos carecen de recursos. Además, muchas veces hay una falta de voluntad política, por parte de los gobiernos de países en los que estos grupos viven, para reconocer todos sus problemas e implicarse en negociaciones a nivel nacional e internacional. Cuando se llegan a conocer los resultados de
lo que ha sido muchas veces acordado con poca o ninguna implicación por su parte, no es sorprendente que haya cada vez más grupos que quieran implicarse en tomar las decisiones, y en algunos casos en oponerse a los cambios propuestos. Algunas ONG nacionales e internacionales, así como gobiernos e instituciones internacionales, apoyan el trabajo de informar y asistir a estos grupos para implicarlos en lo que pasa. Otros, sin embargo, temen que los pueblos indígenas estén siendo empujados a tener más en cuenta los enfoques individuales basados en la PI para tratar sus problemas, que en enfoques de formación basados en las leyes comunales y tradicionales que no dependen de la PI. Patentar vida
El conflicto de la aplicación del sistema de patentes a los organismos vivos surge de los muchos problemas que ocasiona la PI en agricultura, que se ocupa más de los sistemas biológicos que de los sistemas mecánicos para los que fueron diseñadas las patentes. Para muchos críticos, un sistema desarrollado para objetos inanimados nunca debería haberse extendido a los organismos vivos o sus partes, especialmente cuando las funciones de los genes, por ejemplo, están muy lejos de ser comprendidas, como muestra cada vez más la investigación (Egziabher, 2002; Caruso, 2007). Estos críticos quieren ver la utilización de otros métodos para equilibrar los intereses públicos y privados referidos a la innovación en el ámbito de sistemas biológicos, y no la extensión del sistema de patentes, fuente de muchos de los actuales problemas. Para otros, la distinción no tiene sentido y todo invento e innovación deben ser patentables. Además, como el objetivo del sistema de patentes es cada vez más el proteger la inversión, y no promover la innovación, consideran que la protección de PI es necesaria si el sector privado va a continuar invirtiendo en estas áreas. Equilibrar los intereses privados y los públicosPara muchas organizaciones y académicos de la sociedad civil, el equilibrio entre los intereses públicos y privados ha oscilado demasiado de lo público a lo privado en el actual régimen global. En el RU, después de los problemas planteados por las organizaciones de la sociedad civil, y alimentados desde los países en desarrollo, sobre el impacto de la PI en el desarrollo, el gobierno creó en 2001 una Comisión sobre los Derechos de la Propiedad Intelectual, que presentó su informe en 2002 (Comisión DPI, 2002; ver también Capítulo 3). Los seis miembros de la Comisión procedían de Argentina, India, EE.UU. y el RU. En un informe ampliamente elogiado, se hicieron algunas recomendaciones para la agricultura y los recursos genéticos, que incluían que los países en desarrollo:
El régimen reforzado de patentes se sigue cuestionando, incluso en los países industrializados que hacen que el proceso vaya adelante. Como Keith Maskus observó en su estudio de la economía de la PI en el 2000:
La práctica del patentado en los Estados Unidos –y las presiones para que otros adopten similares enfoques– es un gran problema. La concesión de patentes biotecnológicas sobre fragmentos de ADN, la relajación de la definición de “utilidad”, la forma en que los pasos inventivos y la novedad se aplican en las solicitudes de patentes, y un aparente deseo de dejar que sean los tribunales los que decidan la validez de las patentes, están desacreditando el sistema. Algunos ven el riesgo de que el sistema EE.UU. se convierta en un sistema que meramente registra patentes, en vez de otorgarlas en base a sus méritos. La práctica americana está generando globalmente la preocupación y el resentimiento hacia las tácticas codiciosas de las empresas americanas. También induce a la industria de otras partes a buscar que los países europeos, Japón y otros países industrializados sigan el ejemplo norteamericano. La biotecnología es considerada en gran parte como un asunto de competencia industrial, estando decididos los EE.UU., la UE y Japón a ser los principales actores. Maskus ha sostenido también que los EE.UU. han acrecentado erróneamente el sistema de PI durante más de 20 años en detrimento de la innovación que se supone que promueve, y está forzando niveles inadecuados en los países en desarrollo mediante sus acuerdos comerciales bilaterales (Maskus, 2006). Dice que esto ha tenido como consecuencia:
Estas recientes tendencias han actuado en contra del intercambio de ideas y de la aptitud para agregar el trabajo de los predecesores – elementos esenciales en la innovación. Sin embargo, estos problemas no se limitan a los EE.UU. Las inquietudes sobre lo apropiado del sistema llevó a la Oficina Europea de Patentes (OEP) a comprometerse en un mayor ejercicio para examinar posibles hipótesis futuros (Recuadro 8.5). El objetivo era examinar posibles dudas que pudieran surgir en un ambiente complejo y turbulento. Para su sorpresa:
Para los que miran al futuro de los alimentos y de la agricultura, este tipo de ejercicio debería dar mucho que pensar. Sin embargo, para los grandes actores de la industria, el régimen de la PI ha llegado a ser fundamental para su forma de hacer negocios. Individualmente y por medio de varios grupos de presión –algunos recientemente creados para defender sus intereses en el CDB y la OMC contra la implementación de la divulgación del origen y otros requisitos de las solicitudes de patentes– están presionando para mantener y fortalecer el sistema que lo consideran globalmente impuesto. Aunque, en algunos casos, las empresas quieren hacer concesiones para los cultivos alimenticios con mercados comerciales nada significativos en países pobres, no está en la agenda cuestionar el sistema en sí mismo ni buscar nuevos modelos empresariales.
En las discusiones en la OEP sobre los hipótesis, parece que los defensores más estridentes del sistema de PI fueron los abogados – y cuanta más PI haya, más abogados habrá – y las asociaciones industriales. Internacionalmente, los grupos de presión se han centrado en las negociaciones en las que sus intereses pudieran verse más amenazados, como en la creación del Protocolo de Bioseguridad del CDB, y posteriormente en los elementos de etiquetado, responsabilidad y compensación de la bioseguridad, y más recientemente en los temas del régimen APB y la divulgación del origen, tanto en el CDB como en la OMC. Algunos expertos jurídicos y académicos son también entusiastas de compensar el desequilibrio entre grandes países y compañías que promueven y pueden usar la PI, por una parte, y por otra los pequeños países y empresas medianas o pequeñas, organismos públicos y organizaciones de la sociedad civil con una capacidad muy limitada para hacerlo. Esto ha llevado a diversas iniciativas, entre ellas proporcionar un apoyo global en materia de PI (Recuadro 8.6).
Cambiar el rostro de I+DLos agricultores que utilizan y comparten los conocimientos –y las semillas– obtenidos de la experiencia y de las pruebas, así como aprendiendo de los errores, han buscado la innovación y el desarrollo en agricultura durante milenios. Esa experiencia ha sido complementada y ampliada por un esfuerzo organizado, apoyado por los estados y basado en la ciencia durante unos 150 años. La investigación agraria ha sido realizada por organismos públicos –y libremente divulgada a los agricultores– en gran parte para el bien público, ya que los que necesitan sus resultados son demasiado pequeños para hacer investigación científica por sí mismos, y para que los beneficios que se obtienen de una mejora de la agricultura vayan a la sociedad en su conjunto a través de una mejor seguridad alimentaria. Este fue el enfoque que tuvo la “revolución verde”, que fue posible en parte por los esfuerzos de la investigación pública para mejorar las variedades de trigo y arroz y las técnicas agrícolas, como fue la introducción de arroz híbrido en China (Recuadro 8.7). En las últimas décadas, ha habido un cambio en la naturaleza de la investigación (RAFI, 2000; Pardey y Beintema, 2001). El sector privado ha desempeñado un papel cada vez mayor en I+D en los países industrializados, con sus pequeñas poblaciones agrarias y sistemas agrarios totalmente comerciales, pero se centra en áreas en las que puede asegurar retornos a su inversión. El sector público se ha centrado tradicionalmente en tecnologías a nivel granja para aumentar la productividad agraria, haciendo que estas tecnologías estén disponibles; más recientemente se ha centrado cada vez más en la seguridad alimentaria y en la postcosecha. También se está quedando fuera de la financiación pública la investigación agraria aplicada, de uso directo a los agricultores de algunos países industrializados, especialmente EE.UU., el RU y Holanda, y se ha puesto mayor interés en la investigación básica. En EE.UU., el centro de I+D agrícola privado ha pasado de la investigación de maquinaria agrícola y procesado postcosecha (aproximadamente el 80 por ciento del total en 1960), a la mejora vegetal y a la investigación veterinaria y de productos farmacéuticos. Un 70 por ciento de la investigación de productos químicos relacionados con la agricultura se hace justamente en tres países – EE.UU., Japón y Alemania. La investigación privada está siendo dirigida también por la necesidad de competir en los mercados supersaturados de alimentos de los países industrializados, por ejemplo divulgando la producción de alimentos “funcionales” con propiedades que promueven la salud y previenen las enfermedades.
Detrás de estos cambios hay varios factores, entre ellos una importante revolución científica en biología y cambios legales, inicialmente en los EE.UU., que permiten el patentado de organismos vivos (ver Capítulo 1). Esto atrajo a nuevas empresas, muchas de las cuales trabajaban antes en productos agroquímicos, hacia I+D de la mejora de plantas, pues vieron oportunidades para entrar en los mercados y dominarlos. La innovación tecnológica ha sido mucho tiempo una forma de entrar en la industria, y la ingeniería genética en particular ha permitido que nuevas empresas entren en la industria de las semillas y promuevan la innovación en la producción agraria. La innovación protegida con patentes ha sido utilizada como un medio para conseguir el control casi monopolístico de ciertos productos y sectores desde el siglo XIX; incluso en aquel tiempo, al institucionalizar la innovación en los laboratorios de I+D, “grandes compañías pretendían controlar el cambio tecnológico como un medio para proteger y defender sus posiciones en la industria” (Jenkins, 1975). Problemas con la PI y el I+DIrónicamente, uno de los problemas que han surgido proviene del sector público americano, como indican Gary Toenniessen y Deborah Delmer (2005) de la Fundación Rockefeller:
Dado que la mejora genética de los cultivos es un proceso derivado, toda mejora realizada por medio de la biotecnología viene ahora con un cierto número de limitaciones de la PI, con nuevas PI añadidas con cada transferencia o posterior mejora (Barton y Berger, 2001). La PI es utilizada para proteger las herramientas y reactivos de la biotecnología; los genes y las secuencias de genes; las secuencias reguladoras; los procesos de transformación, regeneración y diagnóstico; y las plantas modificadas resultantes. Hacer frente a esta maraña de patentes y conseguir “libertad para operar” (LPO), es en parte lo que hace que el sector privado se centralice en gran medida por medio de numerosas fusiones, adquisiciones y acuerdos de licencias cruzadas. Muchos grupos de la sociedad civil, investigadores y fundaciones están preocupados porque la extensión y consolidación de los DPI podrían inhibir el uso de procesos y productos de I+D, incluidos los biotecnológicos, que beneficiarían a los pueblos de los países en desarrollo. Otro problema es que el actual enfoque en biotecnología, que es en parte dirigido por la PI, está desviando el esfuerzo global de la investigación hacia otros enfoques para mejorar la agricultura, especialmente para los agricultores pobres y marginados, como pueden ser una mejor gestión del agua, un equipo más apropiado y unas técnicas de control integrado de las plagas. La necesidad de I+D en agricultura para beneficiar a los agricultores pobres y marginados no ha desaparecido. La investigación del International Food Policy Research Institute (IFPRI) (Instituto Internacional de Investigación de la Política Alimentaria) e investigadores indios y chinos ha subrayado la importancia de la inversión pública en las áreas rurales, especialmente en tierras con bajo potencial de Asia, y el hecho de que I+D sea una de las tres áreas clave para la inversión, junto con la educación y las carreteras. Aunque las áreas más favorecidas necesitan los niveles existentes de inversión, se necesitan inversiones adicionales en las áreas menos desarrolladas. En muchos países pobres, especialmente en África, tampoco hay suficiente inversión en las tierras con alto potencial. Por otra parte, los investigadores sostienen que:
La mayoría de los desarrollos en agricultura ha tenido lugar en un ambiente muy diferente del mundo actual, dominado por la PI y dirigido cada vez más por el sector privado. Como Joseph Stiglitz señaló cuando era economista jefe del Banco Mundial, cuando hay un cambio en I+D hacia el sector privado, “la dependencia en el sector privado para la investigación agraria es probable que tenga como consecuencia una baja inversión desde el punto de vista de la sociedad”. Básicamente, no funcionará en cosas para los agricultores pobres, que no tienen dinero, ni en cosas que pueden ser libremente copiadas y regaladas. Por otra parte, esta investigación aplicada en la industria depende de la continuación de investigación básica, financiada públicamente y que se beneficia en gran parte de la anterior investigación de las universidades y de otros sectores públicos (Pinstrup-Anderson, 2000). En otras palabras, el I+D público ha subvencionado y continúa subvencionando al I+D privado. Además, las compañías privadas no van a trabajar probablemente en tecnologías, cultivos y caracteres que son de limitado valor comercial, pero que son importantes para proteger la seguridad alimentaria y los medios de vida de los países en desarrollo. Los cultivos biotecnológicos comercializados, por ejemplo, han tenido principalmente como objetivo los productores de los países desarrollados, centrándose en un número limitado de productos (soja, maíz y algodón) y caracteres (resistencia a insectos y tolerancia a herbicidas), con un mercado suficientemente grande para garantizar retornos financieros a las inversiones. Para los que quieren emplear la ciencia de otra forma, su problema es su libertad para hacerlo. Libertad para operar
Aparte de los efectos de los investigadores públicamente financiados que patentan y conceden licencias de tecnologías, las empresas de investigación agraria están patentando cada vez más las herramientas y procesos de investigación básica, limitando así su uso por otros investigadores (Jaszi, 2004). Por otra parte, las empresas han empleado la denominada agrupación de patentes (obteniendo varias patentes entrelazadas sobre diferentes componentes de un producto) y el encorchetado de patentes (patentando información en torno a una patente del competidor, de forma que dicha patente no pueda ser comercializada sin un intercambio de licencias) (Dutfield, 2003a). Se teme que estas tendencias limiten más aún la libertad de los investigadores públicos a operar (en otras palabras, su capacidad para investigar, producir comercialmente, comercializar y usar sus nuevos productos, procesos o servicios sin infringir los DPI de otros). Aunque esto es probablemente cierto en los países de la OCDE, sin embargo la mayoría de los institutos internacionales y países en desarrollo tienen más libertad legal de lo que ellos piensan, si bien pueden todavía carecer de conocimientos y/o recursos. Los países tienen flexibilidad para interpretar y usar los acuerdos existentes. Según el Acuerdo sobre los ADPIC, por ejemplo, los países pueden excluir las plantas y animales de la patentabilidad y definir el significado de términos como novedad, paso inventivo y utilidad. Por supuesto que algunas cosas que pueden ser patentadas en EE.UU. no pueden serlo en la UE. Las patentes son nacionales y sólo válidas en países en los que han sido solicitadas. Muchas cosas objeto de patente en los países ricos no son patentadas en los países pobres y pueden ser libremente usadas. Sin embargo, los investigadores deberían ser conscientes de que los acuerdos contractuales pueden imponerles requisitos más rigurosos de la PI que los requeridos por sus leyes nacionales o términos de concesión de licencias que restringen el uso comercial de lo que se obtiene de su investigación. Dados los deferentes niveles de examen y de enfoques de los requisitos de las patentes, puede también ocurrir que muchas patentes sean invalidadas si son puestas en entredicho, como ha ocurrido en varias ocasiones. Así pues, los países e institutos de investigación son libres para usar tecnologías y procesos que pueden estar patentados en otras jurisdicciones, pero que no son patentables en las suyas. También pueden ver que se usan en el campo de la producción de cultivos. Sin embargo, puede surgir un problema cuando estos cultivos, o productos derivados de ellos, son exportados a lugares en los que la tecnología empleada en su producción está patentada y es detectable en el producto. Entonces, el propietario de la patente puede intentar bloquear su importación –como ha ocurrido en la exportación de soja genéticamente modificada de Argentina, donde no está patentada, a Europa donde sí lo está (Recuadro 8.8). Por supuesto que esto no se aplicaría a cultivos de alimentos básicos que no son corrientemente comercializados, o al comercio entre países en desarrollo con similares regímenes de PI mínimos. Los tres cultivos que se van a ver probablemente implicados son soja, plátano y arroz. Sin embargo, la soja no es un alimento básico y el tipo de plátano que es un alimento básico no es generalmente exportado, pero ha habido problemas con la judía Enola. La cada vez más compleja protección de la PI ha llevado también a unos altos costos de transacción en la evaluación de la libertad de los investigadores para operar, en la negociación del acceso a las tecnologías y en las regalías de las licencias. Esto puede ser particularmente problemático en el caso de la biotecnología agraria, que depende de los componentes y procesos de la tecnología múltiple y muchas veces interdependiente que puede ser propiedad de varias instituciones. Una valoración de las patentes implicadas en la producción de “Golden Rice” – una variedad de arroz genéticamente modificada para que contenga mayores niveles de beta-caroteno –, por ejemplo, encontró 30 patentes y 40 derechos técnicos de propiedad en forma de acuerdos de transferencia de material. Esto supuso exhaustivas negociaciones entre el que desarrolla la variedad – investigadores del Instituto Suizo Federal de Tecnología de Zurich y la Universidad de Friburgo – y los titulares de la patente, que son Syngenta y Monsanto, quienes al final se pusieron de acuerdo para hacer que las tecnologías estuvieran libremente disponibles para uso humanitario (Kryder et al., 2000). Sin embargo, muchas de estas tecnologías no estaban, de hecho, patentadas en los países en desarrollo (Binenbaum et al., 2003). Los casos de los que se tiene conocimiento parecen indicar que las empresas filiales de los países en desarrollo no copiarán los inventos de las empresas titulares de las patentes (y quizá otras firmas tampoco), incluso cuando no estén sujetas a la patente en el país en desarrollo en cuestión (Dutfield, comunicación personal). El Acuerdo sobre los ADPIC permite excepciones limitadas para el uso de tecnologías y productos protegidos con patentes sin autorización del titular de los derechos en algunas circunstancias, por ejemplo en casos de emergencia nacional o para fines no comerciales (Artículos 30 y 31). Estas disposiciones no han sido todavía usadas en la investigación agraria, aunque la licencia obligatoria se emplea actualmente en algunos países para garantizar el acceso a las medicinas. A diferencia de una planta patentada, una variedad vegetal protegida por los derechos de los obtentores de plantas bajo la UPOV no está excluida de ser usada por otros para posterior investigación y mejora. Los derechos de los obtentores de plantas pueden también ser restringidos por motivos de “interés público”, siempre que se tomen “todas las medidas” para garantizar una remuneración equitativa. Sin embargo, la revisión 1991 del Convenio ha sido criticada por limitar los derechos de investigación al ampliar la PVP para incluir variedades esencialmente derivadas, es decir variedades que mantienen las características esenciales de las variedades progenitoras (GRAIN, 1998). Como consecuencia, algunas variedades que fueron previamente consideradas como nuevas serían tratadas ahora como derivadas esencialmente, y no podrían ser explotadas comercialmente sin el previo consentimiento, aunque este cambio pretendiera prevenir que las empresas utilizaran la ingeniería genética en una variedad existente para introducir un carácter particular, como resistencia a herbicidas, y después conseguir el control de la variedad por medio de patentes, sin que el obtentor original obtuviera ninguna recompensa.
Acuerdos rotos, conocimientos compartidosLa expansión de los DPI a la mejora de plantas ha producido en los países en desarrollo y en algunos del sistema del CGIAR una fuerte sensación de que se ha roto un acuerdo implícito –al haberse usado gratis y ampliamente el germoplasma suministrado por el Sur en programas de selección– siendo todavía del dominio público –en el contexto de un enfoque científico cada vez más propietario (Serageldin, 2000). Es un sentimiento que resuena en muchas críticas de la sociedad civil por los cambios que están teniendo lugar. Acceso a los recursos genéticos
El enfoque bilateral del CDB y el sentimiento de promesas incumplidas, que tienen los países en desarrollo sobre compromisos hechos en el CDB y en el Acuerdo sobre los ADPIC para transferirles tecnología, están favoreciendo el desarrollo de leyes nacionales de acceso que podrían dificultar seriamente la recolección y divulgación de materiales de colecciones de germoplasma y de materiales que son desarrollado por los Centros del CGIAR. El nuevo Tratado Internacional y sus reglas sobre el uso de los recursos fitogenéticos para la alimentación y la agricultura pueden ayudar a aliviar estos problemas. Para el considerable número de cultivos alimenticios no incluidos en el sistema multilateral del Tratado, puede haber unos costos de transacción mucho mayores al utilizar el germoplasma, que podrían afectar adversamente a su desarrollo (Stannard, 2000). Un estudio encargado para el Foro Global sobre Investigación Agraria (FGIA) en el 2000 afirmaba que “un escenario en el que todo intercambio de germoplasma se encuentre dentro de acuerdos bilaterales supone unos costos de transacción excesivamente elevados”, y consideraba que solamente para algunos pocos cultivos, como los cultivos industriales, un enfoque bilateral de los intercambios de ger-moplasma podría tener unos costos aceptables de transacción (Visser et al., 2000). La extensión de los DPI a la agricultura –PVP y patentes– tiene ya algunos efectos en el intercambio y uso de recursos fitogenéticos. En los EE.UU., los programas de mejora del sector público han encontrado más difícil conseguir materiales de las empresas, lo que ha afectado a su capacidad para dar a conocer nuevas líneas y enseñarlas a los estudiantes (Riley, 2000). Tim Reeves, antiguo director del Centro Internacional para la Mejora de Maíz y Trigo (CIMMYT) de México, ha dicho también que la expansión de los derechos de los obtentores de plantas haría que algunos colaboradores no enviaran ya sus mejores líneas para su uso en los programas de mejora (comunicación personal en la Conferencia GFAR-2000). Dado que en los programas de mejora trabajan muchos socios que intercambian material, cada uno de ellos obtiene normalmente mucho más de ellos que lo que aporta, pero si la calidad de lo que se aporta baja, todo el mundo sufrirá las consecuencias. Transferencia de tecnología y divulgaciónUno de los objetivos del Acuerdo sobre los ADPIC, también incluido en el CDB y en el TIRFAA, es la promoción de la transferencia y divulgación de la tecnología a los países en desarrollo, y muchos creen que se debería hacer más en este sentido. Varios investigadores y fundaciones han pretendido llevarlo a efecto, intentando reinventar el sistema abierto de intercambios para la investigación agraria o suministrar recursos a los investigadores de los países en desarrollo para que superen los problemas creados por un ambiente investigador más privatizado y dominado por la PI. Reinventar un I+D agrario de fuentes abiertasLa agricultura se ha cimentado a través de los intercambios abiertos y en la copia de técnicas comprobadas durante milenios por los agricultores. La investigación solía ser también mucho más abierta, compartiendo técnicas, procesos y conocimientos. Resulta algo irónico que ahora algunos miembros de la comunidad investigadora hayan respondido al impacto de las tendencias actuales siguiendo los pasos del movimiento “fuentes abiertas” promovido a mediados de los años 80 en el desarrollo de software. Éste hizo que el software estuviera libremente disponible para su uso y adaptación, que no se limitara a nadie la venta o la entrega de software, ni se requiriera que fueran suministrados los códigos de las fuentes. Un enfoque de fuentes abiertas en agricultura se basa en la Iniciativa de Biological Open Source (BiOS) (Fuentes Biológicas Abiertas) establecida por CAMBIA, un instituto de investigación agraria australiano independiente, sin ánimo de lucro (Recuadro 8.9 y Jefferson, 2007). Otros están explorando también la “biotecnología de fuentes abiertas”, que amplía los principios de igual producción basada en el patrimonio común y que promueve el comercio, y que tiene su ejemplo en el desarrollo de software de fuentes abiertas para la elaboración de herramientas de investigación en biotecnología biomédica y agraria. (Hope, 2008). La Fundación Rockefeller ha apoyado a varios grupos que pretenden combatir la tendencia al acceso restringido a las tecnologías mediante el uso de la PI, como son Public Intellectual Property Resource for Agriculture (PIPRA) (Recursos Públicos de la Propiedad Intelectual para la Agricultura) y la African Agricultural Technology Foundation (AATF) (Fundación Africana para la Tecnología Agrícola). PIPRA empezó como un consorcio de universidades principalmente agrarias e institutos de investigación agraria de EE.UU., con sede en la Universidad de California, Davis, comprometidos en gestionar estratégicamente la PI en beneficio de sus miembros, para posibilitar las más amplias aplicaciones humanitarias y comerciales de las tecnologías agrarias existente y emergentes. A mediados de 2007, tenía 45 miembros en 13 países. Las universidades e institutos asociados a PIPRA han generado gran parte de la PI en biotecnología de cultivos, pero también han entrado en acuerdos exclusivos de licencias para esta PI con el sector privado. Estos acuerdos eliminan muchas veces su capacidad para compartir sus tecnologías con los demás, o con otras instituciones del sector público, como los centros de investigación nacionales e internacionales que trabajan en nuevas variedades de plantas para agricultores pobres de los países en desarrollo. La AATF, por ejemplo, es una organización con base en África y gestionada en África, con una oficina en Nairobi, Kenia, que pretende promover la asociación pública-privada para usar, normalmente bajo licencias libres de regalías, nuevas tecnologías para el desarrollo de África, que de otro modo estarían protegidas por la PI (Toenniessen y Delmer, 2005).
Reconsideración del I+D y de la PIPara algunas organizaciones de la sociedad civil, estas asociaciones y licencias abren sencillamente el camino para que las grandes compañías multinacionales con base tecnológica vengan y se hagan dueñas de cualquier área rentable de la agricultura y de la biotecnología introducida, haciendo dependientes de ella a los agricultores. Ellas y otras quieren una reconsideración y reorientación más radicales del I+D y del sistema de PI que se ha introducido en la agricultura. Un movimiento público más amplio entre los grupos de la sociedad civil que promueven el acceso a los conocimientos (A2K) ha surgido y ha sido apoyado inicialmente por los bibliotecarios, que están preocupados por el impacto del cambio de las reglas de los derechos de autor para la gente de los países en desarrollo. Aquí, el problema es que los investigadores de los países en desarrollo encuentran demasiado difícil o caro el acceso a la información científica y técnica de que se dispone en las bases de datos y en las revistas. Una respuesta de varios científicos a esto ha sido la Biblioteca Pública de las Ciencias – una organización sin ánimo de lucro de científicos y médicos comprometidos en hacer de la bibliografía científica y médica del mundo un recurso público libremente disponible. Otros, como Jamie Love de KEI/CPTech, promueven un tratado I+D que garantice que las herramientas y conocimientos científicos de la medicina estén globalmente disponibles – algo igualmente aplicable a la alimentación y la agricultura. Algunos grupos han exigido que los términos y condiciones de patentabilidad sean corregidos para facilitar la investigación agraria para el desarrollo, como limitar el período de patente sobre los procesos de investigación a cinco o seis años, o introducir una tarifa plana para el uso de procesos patentados (Tansey, 2002). Jerry Reichmann ha desarrollado esta última idea para la mejora de plantas, lo que normalmente supone una innovación relativamente a pequeña escala y que tiene que recurrir al dominio público por lo mucho que hay detrás de cada innovación. Solicita la creación de un régimen de responsabilidad compensatoria. Esto eliminaría el monopolio del privilegio que un titular de patente tiene para denegar al primer inventor el derecho a no dejar que la gente use el invento. En cambio, esto supondría una licencia automática para el uso del artículo protegido por alguien más. Si fuera usado dentro de los cinco primeros años, habría que pagar una tarifa compensatoria, pero esto no se aplicaría si el siguiente usuario esperara un cierto tiempo. En ese momento, se considerarían los conocimientos como libremente disponibles en el ámbito público, pues para entonces el inventor habría sido resarcido de los costos de I+D, bien a través de su uso exclusivo de la innovación, o bien por el pago de ciertas tarifas acordadas con otros que la usan (Reichmann, 2000). Otro enfoque de I+D
Para muchas ONG y grupos de la sociedad civil, como los que se encuentran en el movimiento de la soberanía de los alimentos, estos enfoques están radicalmente viciados. Estos grupos ven a los agricultores mismos como innovadores y el reto es apoyarles. Esto es algo que los enfoques basados en el mercado no harán, pues los pobres y marginados no tienen dinero para gastar. Por otra parte, seguir los diseños de innovación de los países industrializados dejará rápidamente a los pequeños agricultores fuera de la agricultura, les guste o no les guste. Así, la naturaleza del I+D financiado públicamente, especialmente en los países en desarrollo, y sus conexiones con la innovación privada o comunitaria local, afectarán mucho a las opciones que tienen los agricultores. Las prácticas y productos alternativos orientados a las necesidades reales de los pequeños agricultores, especialmente en áreas marginales, podrían proporcionar prácticas y productos libremente disponibles y socialmente deseables, que les capacitarían para aumentar su producción agrícola de una manera sostenible, evitar las trampas de la deuda y producir excedentes que se podrían usar para generar ingresos (Recuadro 8.10). Algunos hacen hincapié en la necesidad de procesos participativos con los pequeños agricultores y en un enfoque agroecológico para el desarrollo agrario, de acuerdo con las necesidades de desarrollo rural. En este enfoque, se considera en líneas generales la biodiversidad, se hace hincapié en la importancia de la conservación y uso in situ, y se emplean estrategias de gestión de los recursos naturales para desarrollar tecnologías con agricultores con escasos recursos que sostienen las condiciones agroecológicas (Altieri y von der Weid, 2000). Las plantas modificadas genéticamente son consideradas como un peligro biológico y un medio socialmente simplista de tratar las “complejas realidades a las que se enfrentan los pequeños agricultores”, que tienen pocos recursos pero sí conocimientos de cómo cultivar en condiciones difíciles. Esos conocimientos necesitan ser orientados y apoyados y no sustituidos. Muchos grupos de la sociedad civil estarían de acuerdo en que los problemas a los que se enfrentan los pequeños agricultores, especialmente en áreas marginales, no se van a resolver ante todo con tecnología. Donde la tecnología pueda contribuir a su resolución, junto con las inversiones en infraestructura, cuidados sanitarios, educación, etc., puede ocurrir que la tecnología de mayor importancia inmediata no sea la de las variedades mejoradas.
Esta opinión cuestiona también la capacidad de los actuales sistemas de investigación nacionales e internacionales para aproximarse a este enfoque. Considera a las semillas como una parte integral de las estrategias de los agricultores para gestionar la tierra y los riesgos, habiendo agricultores en los Andes, por ejemplo, que usan setos vivos como banco de genes in situ, descentralizados y gestionados por los agricultores. La biodiversidad agraria no se refiere sólo a los recursos genéticos, sino también a los sistemas económicos y sociales que son esenciales para su creación, conservación y posterior desarrollo. Una respuesta a este panorama en Perú busca una forma, no basada en los DPI, de conservar la seguridad alimentaria creando un espacio para que las comunidades locales gestionen sus recursos genéticos –patatas– dentro del marco de los conocimientos y prácticas tradicionales e indígenas. ConclusiónLos conflictos y controversias que surgen de la expansión de las reglas globales de la PI, y sus resultantes interacciones con la biodiversidad, la seguridad alimentaria y los medios de vida de la gente rural, no van a desaparecer. Más bien es probable que se hagan más intensos, dada la creciente incertidumbre por el cambio climático y por las diversas medidas que se están tomando para combatirlo, como es la rápida expansión de los biocombustibles para vehículos (la mayoría de los pueblos, por supuesto, han dependido de la biomasa como biocombustible durante siglos –madera, estiércol y residuos de cultivos). ¿Qué observaciones se pueden hacer sobre las negociaciones sobre la PI y los desarrollos en la creación de estos regímenes hasta la fecha? Ese es el tema del próximo capítulo.
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