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ex subsecretario de Relaciones Exteriores de México No podría ser más propicia la coyuntura en que se publica esta edición en castellano del excelente libro de Peter Heap, que relata y analiza los trabajos iniciados en 2003 sobre opciones para actualizar y legitimar la arquitectura de las cumbres anuales del G-8. Lo que probablemente será una de las crisis económicas y financieras más severas de la historia reciente ha llevado a la comunidad internacional a repensar urgentemente los mecanismos y las reglas que gobiernan el mundo globalizado en el que vivimos. El colapso de bancos, corredurías y aseguradoras estadounidenses, europeos y asiáticos a lo largo del otoño de 2008, y la decisión de sus gobiernos de rescatarlos con inyecciones masivas de recursos y nacionalizaciones parciales, demuestra la insuficiencia de la supervisión y el control de estas instituciones multinacionales, y de las instancias que las gobiernan. Al principio de la crisis, se dieron varios intentos de búsqueda de soluciones en reuniones bilaterales, regionales y multilaterales entre miembros de la Unión Europea, Estados Unidos, Japón y otros. No obstante, cada gobierno persiguió intereses egoístas en su intención de salvar la situación de su propio sistema financiero. Encuentros improvisados y mal preparados entre gobernantes de la Unión Europea, del G-8 y de las instituciones internacionales no pudieron calmar las aguas, ni devolver la confianza a los mercados financieros mundiales. Fue en ese contexto de fracasos y caos cuando el Presidente de Estados Unidos, impulsado sin duda por sus colegas europeos, decidió convocar a una Cumbre del G-20, mecanismo que a lo largo de sus nueve años de existencia congrega anualmente a los ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales de las 19 economías más importantes del mundo entre países industrializados y en desarrollo, además de la Unión Europea. Ya desde el 2003, en la Cumbre del G-8 en Evian, Francia, había invitado a un grupo de jefes de Estado y gobierno de países “emergentes” para dialogar con los industrializados. En reuniones subsiguientes, cada anfitrión de la Cumbre decidió el formato y tiempo que los líderes del mundo desarrollado dedicarían a sus colegas invitados. En las Cumbres de San Petersburgo (2005), Gleneagles (2006), Heilingedamm (2007) y Hokkaido (2008), los cinco principales países en desarrollo –Brasil, China, India, México y Sudáfrica– fueron convidados a pasar unas horas con sus pares, pero sin participar en la preparación de los comunicados del G-8, ni en la conformación de las agendas. El que un pequeño grupo de países ricos considera tener la legitimidad suficiente para tomar decisiones que afectan al resto del mundo empezó a mostrar su inoperancia desde varios años atrás, sobre todo con la presencia cada vez más importante en el escenario global de China, India, Brasil y otros, cuyas economías no sólo empezaban a rebasar cuantitativamente a las de los países ricos, sino que poco a poco se iban convirtiendo en las verdaderas locomotoras de la economía mundial. Fue en ese contexto que un grupo de académicos, ex funcionarios y políticos decidimos iniciar el proceso conocido como L-20, el cual es exhaustivamente analizado por el autor de este libro en cuanto a sus orígenes, reuniones de trabajo y conclusiones. La tarea de encontrar los temas globales que podrían ser susceptibles de consideración por un grupo de líderes más representativos de la comunidad internacional tuvo lugar durante varios años y sus resultados se describen en los distintos capítulos de la obra. Ahora, a casi seis años de iniciado el proceso, las ideas y sugerencias que aparecen a lo largo de este libro llegan a su culminación con la decisión del presidente Bush de convocar a la primera reunión del G-20 a nivel de jefes de Estado y gobierno en Washington, el 15 de noviembre. Aunque estas líneas se escriben antes de la celebración de esta histórica reunión, sin saber cuáles serán sus resultados, ni si la composición resultará la más adecuada para la nueva arquitectura de gobernanza mundial, queda claro para mí que los tiempos han cambiado y que ya existe un acuerdo generalizado en el sentido de que los grandes problemas de nuestros tiempos no podrán resolverse más en grupos restringidos de países que si bien históricamente eran grandes potencias, hoy no cuentan con el poder o la representatividad suficiente para dictar políticas globales sin tener en cuenta a los demás actores en el escenario mundial. |
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